Café, conversación...

Café, conversación...

miércoles, 8 de abril de 2009

El hombre delgado


El ala del sombrero le tapaba el rostro, pero no impedía que sus ojos se clavaran constantemente en cada desconocido. Buscaba formas de orejas, narices, cicatrices... cualquier cosa que se le pudiera quedar grabada en la mente. Buscaba caras de tipos duros, como había hecho cientos de veces antes. Buscaba ojos de mujer fatal, como lo hacía casi todas las noches. Aunque en realidad lo que buscaba no se podía ver. Ni tocar. Lo que buscaba era una idea.

Hacía demasiado que no escribía. Últimamente ni siquiera se sentaba ante la máquina. Cuando no bebía con Lillian rodeado de desconocidos, bebía solo. Y cuando no bebía, la tos lo mantenía encadenado a la cama. Apenas pensaba ya en su mujer y las niñas, y ni siquiera le importaba aquella citación del gran jurado. Si aquellos engreídos pensaban que iba a soltar algún nombre, no lo conocían bien. Había aprendido a callar de tipos que nunca dejaban que hablaran por ellos otra cosa que sus pistolas. La clase de tipos cuyo hogar no podía ser otro que un callejón oscuro. Hombres que ponían sus manos al servicio de otros más ricos y con el cuello de la camisa más blanco, pero sin las agallas para salir a la calle y ensuciarse. A todos ellos iban dedicados sus libros. Policías, delincuentes... a todos. Al final, qué más daba.

Un voz gritó su apellido. Rara vez le llamaban por su nombre de pila. Estaba seguro de que había gente que ni lo sabía. Se giró y vio un coche. La puerta trasera se abrió y salió un tipo bajo, calvo y con gafas. Su traje tampoco daba mucha más información sobre él. Podía ser la mano derecha del gángster local o un apacible contable. Tan sólo el bulto bajo su chaqueta daba a entender que no se ganaba la vida fotografiando niños.

El tipo no dijo nada, sobraban las palabras. Querían que entrara en el coche, y eso hizo. No merecía la pena resistirse. Hacía años que no llevaba un arma encima y su tos no le permitía correr más allá de diez metros. Así que entró en la parte de atrás y se acomodó entre un negro y el calvo sin problemas. Clavó los ojos en una nuca que ya empezaba a dar muestras del paso de la edad y se recostó, totalmente tranquilo. Arrancaron. El tipo negro fumaba con cuidado de no mancharse el traje, llenando el coche de humo. Cogía el cigarrillo como si fuese una extensión de su cuerpo, con estilo. La verdad es que daba gusto verlo.

Seguían sin abrir la boca. Todavía no sabía si lo llevaban a una celda o a un agujero en mitad de ninguna parte. No sabía lo que se iba a encontrar al final del viaje, aunque sospechaba que andaba entre el foco del interrogatorio o una bala en la nuca. No merecía la pena preocuparse. En cualquier caso, se dijo, puede que de para una buena historia.
A Dashiell Hammett

5 comentarios:

Duncan de Gross dijo...

Sin duda. No creo que la historia acabe con un tiro en la nuca allí pispo, parece que promete, adelante con ella... P.D: Se le echaba en falta Mr. Wren.

Dama Oscura dijo...

Eso sí que es un tipo duro...

Anónimo dijo...

la novela negra tiene algo que, pese a una estructura simple, te deja pegado a ella sin remedio.. esos personajes hard boiled, con una ética extraña pero inflexible, las mujeres, siempre fatales...

Beauseant con la contraseña perdida :)

Lupita dijo...

Curiosa forma de buscar la inspiración ¿no?

abulico dijo...

A eso si que le llamo yo mirar a la muerte a los ojos.

Hay que ver que mal se pasa cuando la inspiracion no llega a la hora de escribir.

Saludos Auggie!!!